Para obtener resultados diferentes hay que hacer las cosas de un modo distinto. Suena lógico pero la verdad es que son muchas las personas que esperan aumentar las ventas sin cambiar sus técnicas y a veces, se hace necesario un remezón para tomar conciencia al respecto.

Esto fue lo que le pasó a Elena Herrera quien se dedica a la confección de prendas tejidas.

Elena trabajó durante más de 20 años como técnica en enfermería, por lo que tejía principalmente por gusto, para sus hijos y nietos. Una vez jubilada, y ante la grave enfermedad que padecía su esposo, se vio en la necesidad de empezar a comercializar su trabajo, por lo que decidió salir a vender al persa de Pudahuel. La enfermedad que dejó a su marido postrado, duró cerca de 3 años en los que ella devotamente lo cuidó, y buscó la forma de mantenerse ambos intentando conservar el ánimo. “Para mí el tejido era un escape, una alegría, el uso de los colores.  Le hacía cositas a él, mantitas, calcetines. Me ponía a tejer al lado de él. Le tengo un cariño enorme al tejido”.

Tras la muerte de su pareja Elena se vio sumida en una gran crisis, fue allí cuando se integró a Fundación Trabajo para un Hermano. Realizó en Barrancas un curso de asociatividad y cooperativismo, y actualmente en Padre Esteban Gumucio, un curso de telar. Fue en la etapa de gestión de este último taller cuando logró despertar. “La señorita Tania (Directora del Centro de Emprendimiento y Desarrollo) en sus primeras clases, me hizo despertar, me remeció, porque yo no estaba vendiendo o vendía muy poco. Me sentí mal pero le encontré razón, porque si no logro vender, de qué vale todo el sacrificio, si yo necesito dinero también para mantenerme. Además, si no vendo, las personas no se pueden beneficiar de lo que hago con tanto cariño”.

Decidió entonces buscar nuevas formas de venta. En el Persa Pudahuel, eran pocos los productos de Elena que tenían salida, principalmente calcetines y gorros, ya que lo demás productos tenían más trabajo, más material y por tanto eran más caros.  Entonces, de su misma profesora, recibió una sugerencia:

“La señorita Tania me preguntó a cuánto vendía los zapatitos de bebé.

-A 2.500_le dije.

-¿Y dónde los vende? _ preguntó ella.

-En el persa_ respondí yo.

-¡Pero cómo! ¿Dónde están las güagas?

-En la maternidad

-¡Ya pues, allá tiene que ir a buscar los clientes!

Fue como que hubiesen dado un golpe en plena frente y me hubieran dicho despierta. Entonces decidí darme ánimo. Pensé: tengo que hacerlo, porque de lo contrario no vengo más para acá”.

Es así como Elena, con un canastito que evoca a un moisés, decidió comenzar a visitar hospitales y clínicas ofreciendo sus productos. La sorpresa fue mayúscula. Podía vender sus productos al doble que en el persa y rápidamente se le agotó el stock. Su caballito de batalla: los escarpines.

Descubrió entonces que para vender tenía que hacer las cosas de modo distinto y salir a buscar a sus clientes al lugar indicado. Elena no sólo teje ropa de bebé, también hace petos, cintillos, cosmetiqueros, entre varias otras cosas. Descubrió que un buen lugar para comercializar dichos productos era el Barrio Lastarria, pero allí la competencia es alta, por lo que tuvo que encontrar una forma de destacar. Elena siempre ha sido admiradora de la artista Frida Khalo, por lo que en homenaje a ella, decidió caracterizarse así para vender sus productos en el bohemio barrio. Le ha dado resultado y prácticamente ya no le queda stock.

Para lograrlo ha debido dejar de lado la timidez y el miedo. “Me juega a favor el hecho de que en la vida me he enfrentado a situaciones desagradables y he sabido salir airosa de ellas. Entonces digo que no tengo por qué tener miedo porque nada me va a pasar, salvo que yo lo permita. Y siempre he ido con respeto y con humildad, eso le gusta a la gente”.

Para Elena, esta vuelta de tuerca, sin duda fue el empujón que necesitaba a nivel profesional y personal.

“Estoy tan contenta y emocionada, porque me he dado cuenta que sólo con salir incrementé mis ventas de manera significativa. Antes tenía siempre tantas cosas que no podía vender, ahora casi no tengo stock. Lo que ahora vendo en una semana, antes me demoraba por lo menos un mes en venderlo. Esa es mi historia y estoy súper agradecida de Trabajo para un Hermano porque no me abrió puertas solamente, me abrió ventanas. Me dio el ánimo, la fuerza, el valor, el tecito, el desayuno, la oncecita. El calor humano”.

Pero el trabajo de superación es de Elena. Tuvo la humildad de recibir las sugerencias y no hacer oídos sordos, si no que aplicarlas. Confiar en el aprendizaje que estaba obteniendo y en el conocimiento que le estaban entregando. Fue proactiva y valiente, pues no se quedó esperando que alguien más hiciera el trabajo por ella. Salió de su zona de confort, se levantó, tomó sus cosas y fue a vender. Se movió. Y le resultó.