Vivimos en un momento de la historia, del país y del mundo, donde parece que todo pudiese comprarse o venderse. Todo es reducido a un bien de consumo, sin que nos detengamos a reflexionar sobre eso. Incluso el trabajo, con todo lo que significa, parece ahora desechable y poco valorado.

La idea que prima sobre las políticas públicas y privadas relacionadas con este entienden que los individuos tienen un capital humano con el cual nacen y si hacen inversiones correctas se acrescenta. Cada uno acumula capital humano para poder tener así mejor ingresos y consumir más bienes. Según lo que se ofrece por parte de las empresas y los trabajadores la hora de trabajo adquiere un valor de mercado. Un precio al cual se transa el valor del trabajo de cada uno. Trabajadores con calificaciones más escasas serán mejor pagados.

Así, en la sociedad actual, el trabajo ha perdido su valor social. El trabajo se ha transformado en un bien, tal como podría ser un zapato o un celular.

Pero se puede tener otra mirada. El trabajo es, en realidad, la vida de las personas. El trabajo son las horas del día que cada uno de nosotros y nosotras entrega al mundo que nos rodea. Si lo pensamos bien, no hay ningún trabajo que sea para uno mismo. Todos los trabajos son para que la sociedad funcione mejor y se viva más feliz. Cuando entendemos que el trabajo entonces es el aporte que todos damos a la construcción de una sociedad, cambia el conjunto de políticas que se derivan de eso.

Por una parte, al cambiar de mirada, comenzamos a considerar que también es trabajo aquellas actividades de cuidados y domésticas que no son remuneradas. Comenzamos a preguntarnos por qué trabajadores que dedican su vida una actividad, tienen diversos salarios, a veces haciendo por ser mujer ganan menos, o a veces por razones de discriminación social o étnica. Al cambiar el velo con que vemos la realidad, llegamos a entender que la educación superior es una serie de caminos que se necesitan en una sociedad, y no una fábrica de ganadores y perdedores.

Todos y todas entregamos horas de nuestras vidas a la construcción de la sociedad en la que vivimos. Un artista entrega su arte en sus obras: pinturas, música, teatro, etc. Un médico entrega sus conocimientos para sanar enfermos. Una madre o un padre cuida a sus hijos cuando están enfermos. Una periodista informa a la ciudadanía sobre lo que está pasando a su alrededor. Un empresario implementa buenas ideas, crea nuevos productos, instala nuevos servicios.

Uno se podría preguntar entonces ¿por qué el valor de esas horas que cada ser humano entrega a la sociedad debe ser tan desigual? Hay sociedades que corrigen estas desigualdades que crea el sistema económico. En primer lugar a partir de negociación colectiva de mayores niveles para empoderar a los trabajadores. En segundo lugar, a través del financiamiento de derechos sociales cuyo acceso se tiene por el hecho de ser ciudadanos. En los últimos años en Europa se ha estado incluso discutiendo la creación de una renta básica universal que sea independiente de si las personas «trabajan remuneradamente» para valorar el aporte que todos hacen.

En el Frente Amplio y en lo personal, creemos en que el trabajo no es un bien de consumo o una reserva de trabajo que uno transa en el mercado. El trabajo es de los trabajadores, el sustento de los hogares y eje de nuestras vidas, por algo gran parte del día lo dedicamos a trabajar. Es hora de cambiar la mirada y darle valor al trabajo de millones de chilenos y chilenas,a través de todos los espacios, no para ganar más o menos dinero, sino para ser felices.

Beatriz Sánchez

Candidata Presidencial por el Frente Amplio