Alegría y fortaleza es lo que Verónica González transmite. El amor por lo que hace y por lo que ha logrado se siente en sus poros. Y es que “La Traviata”, la empresa que ella junto a su familia han logrado sacar adelante, es su orgullo y su pasión, aunque no ha sido un camino fácil.

Aprendió desde muy pequeña lo que era el rigor y el esfuerzo. “Mi mamá es una mujer dura, estricta, pero que nos enseñó mucho sobre la vida. Siempre trabajó y en lo que saliera: primeros auxilios, costura, peluquería, etc. Y además, nos crio. Ya de grandes siempre nos decía que teníamos que aprender a hacer de todo, porque uno nunca sabe dónde va a estar”.

El ejemplo de su madre la hace salir de su casa y a pesar de haber estudiado para intérprete inglés-alemán, vio una oportunidad en el mundo de la computación y montó una empresa de digitalización, pero no le fue muy bien.

“En 5 años no surgí nada. Tenía la empresa y había invertido en un departamento que sólo fue una botadera de plata. Yo estaba muy perdida, con mi hijo de 5 años, no sabiendo bien para donde tenía que ir. Fueron años muy duros”.

Fue finalmente el cansancio y la frustración de años de fracaso, los que hacen que Verónica decida volver con su madre, quien la recibe con las manos abiertas. Pero Verónica se sentía hundida. Un día se ve al espejo y encuentra una mujer derrotada, profundamente enamorada de un hombre que no le hacía bien, con ya dos hijos que mantener, un aumento de peso que ella consideraba importante y sintiéndose muy sola de alma. “Y me dije a mi misma, ¡algo tengo que hacer!”.

Es así entonces que su hermana que trabajaba en un hospital le da una idea y la motiva para hacer comida y venderla a doctores y enfermeras de su lugar de trabajo. “Yo no estaba muy convencida al principio, porque no me gustaba nada la cocina, pero mi madre me ayudó. Además que ella desde los 9 años que me había enseñado a cocinar aunque a mí no me apeteciera nada hacerlo”.

Verónica entonces partía todos los días con grandes cajones de comida a pie a vender lo que hacía. Ahí se presentó la oportunidad de un evento grande se estaba organizando en el hospital y necesitaban a una banquetera. Verónica vio el potencial que tenían como familia y se las jugó. Es ahí en donde decide formalizar su negocio y nace La Traviata. “Fue un nombre que nació por nuestro gusto por la ópera. Es una pieza que trata del brindis y la fiesta y para mi familia, ha sido una verdadera alegría”.

Comienzan entonces a trabajar en forma pequeña, en algunos eventos más cercanos y matrimonios chicos.

Pero como la vida nunca está exenta de desafíos, su pareja Eduardo y padre de sus tres hijos, Eduardo, Amaro y Francis, sufre un infarto cerebrovascular. “Fue un gran golpe para toda la familia, pero él logra recuperarse con fuerza. Se metió de lleno a trabajar en La Traviatta. Hoy él es quien se preocupa de la mantención. Lo que le llegue a las manos, lo arregla, aunque no ve mucho producto del infarto”.

Fue ese mismo año que a través de un curso que realizó por la Municipalidad de Pedro Aguirre Cerda, llegó a Trabajo para un Hermano a realizar un curso de pastillaje para darle un giro diferente a su negocio. Es ahí en donde reconoció su amor por la pastelería y lo dulce, pero  además pudo darse cuenta del valor de su negocio. Valoró lo que hacía y tomo la certeza que podía crecer mucho más. Esto fue un empujón para entrar al sistema de Chilecompra y al poco tiempo la llamaron de la Universidad de Chile, quien es hoy uno de sus grandes clientes.

“Ellos necesitaban hacer un Coffee Break para una actividad de la Facultad de Humanidades. Yo me las jugué, dije que sí, e invertimos todo. Cada café lo vendíamos por $980 pesos, siempre lo voy a recordar porque fue nuestro primer evento de este tipo. Ellos creyeron en mi proyecto y eso nunca lo voy a olvidar”. Luego tuvo el mismo acercamiento con la USACH, quien es hoy otro de sus grandes clientes.

Trabajo para un Hermano también les presta servicios y afirma que los siente como su propia familia, porque le han enseñado y ha aprendido el valor de su trabajo. “Ellos me pagan al día, siempre dignificando lo que hago. En la Fundación he conocido personas que valoran lo mismo que yo: la lealtad y el ser derecho para las cosas. Son clientes, pero te apoyan como familia. Me han enseñado a cobrar lo justo para que me paguen lo justo y a entender que no basta con tener un trabajo, sino que tiene que ser un Buen Trabajo”.

Hoy luego de 9 años de vida de La Traviata, Verónica se siente satisfecha aunque no por eso menos desafiada. Sigue siendo un negocio familiar, a la fecha trabajan junto a ella: sus dos padres Norma y Hernán, su pareja Eduardo, un gran amigo que es el Chef, Eduardo Becerra y su hermano Hernán. Para los eventos son sus mismos sobrinos quienes hacen de garzones y siempre están intentando que la familia se involucre y dar trabajo cuando se genera la posibilidad. “Independiente de las relaciones personales o cosas que pueden no estar funcionando entre nosotros, como familia somos fieles entre nosotros. El concepto de pelear por plata, no existe. La Traviatta es mi orgullo familiar, nos da trabajo y da trabajo a otros cuando hemos necesitado apoyo externo”.

Este año decidió dar un nuevo salto en su emprendimiento y armó en la casa de su hermana la pastelería “Verónica González EIRL”, que es una sociedad entre ella y sus hermanos. “Lo hice en la casa de mi hermana porque fue ella quien me dio el primer impulso para dedicarme a la cocina, por ello, esta pastelería es un tributo hacia mi hermana”.

Muchas veces podemos sentir que la vida nos sale cuesta arriba. Pero también nos entrega oportunidades que no podemos desperdiciar. Verónica partió dando palos de ciegos, pero confió en los suyos y en sus propias herramientas y salió adelante, sacando un negocio prometedor que hoy es una gran microempresa. Te invitamos a nunca bajar los brazos, a confiar en tus ideas, en tus talentos, en tus dones y a explotarlos. De ti depende no dejarte vencer.

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