Es un oficio bastante peculiar y que muy pocos practican hoy en Chile. Patricio Galaz se mueve entre telas de lana, de pelos de conejo y hormas de cabeza confeccionando, con sus propias manos, sombreros.

Se relaciona principalmente con dos mundos: la cueca y el rodeo, en un oficio que le ha tocado conocer desde pequeño. Su padre, Alejandro, comenzó confeccionando sombreros a los 19 años  y trabajó parte importante de su vida en la clásica tienda “Donde Golpea el Monito”, hasta que finalmente se independizó y formó su propio negocio junto a su mujer Inés.

“Yo nací y me moví siempre entre sombreros”, nos cuenta Patricio. Hijo menor de 5 hermanos. Su padre, don Alejandro quería que sus hijos estudiaran carreras universitarias y que no se dedicaran a la confección de sombreros.

“Por lo mismo, yo fui al colegio y luego ingresé a los 18 años a estudiar criminalística en la UTEM, pero a los 20 años todo cambio”. Don Alejandro, el padre de Patricio se enfermó de cáncer al estómago y murió.

“Yo era el regalón de mi viejo, entonces fue muy traumático. Además que murió joven, a los 61 años. Fue difícil porque lo vi pasando momentos muy difíciles con la enfermedad. El taller quedó botado en esa época y todos, incluida mi mamá, nos enfocamos en cuidar a nuestro papá”.  
Cuando su padre muere, Patricio decide dejar los estudios y dedicarse al negocio de su padre. “Nunca me había interesado el tema de los sombreros, pero era algo que estaba ahí y alguien se tenía que hacer cargo. Mis hermanos ya eran grandes y se dedican a otras cosas, así que lo hice yo”.

Pero Patricio no sabía nada sobre el tema. Ni de cómo manejar el dinero y menos cómo confeccionar un sombrero, entonces tuvo que aprender.

“Al principio me dedicaba solo a la parte administrativa junto a mi mamá y a Ricardo, que era un artesano que siempre trabajó con mi papá. Era él quien hacía los sombreros y era reacio a enseñarme, entonces yo sólo miraba y me quedaba en las noches practicando. Así aprendí y a los 6 meses comencé a ayudarlo a confeccionar y me di cuenta que tenía grandes habilidades con las manos, hasta que me quedé haciéndolos yo solo. Mi mamá también nos ayudó al principio, porque ella sabía la técnica porque trabajaba con mi padre desde siempre, pero ya tiene edad y no quiso seguir”.

El comienzo fue duro. Tomó el negocio cuando aún era solo un joven de 21 años y por lo mismo, no le tomó el peso a lo que hacía.

“De un día para otro andaba en auto y tenía dinero. Me gastaba la plata en cualquier cosa. Entonces sacrifiqué años de trabajo sin avanzar realmente. Como a los 26 años me di cuenta que no podía seguir trabajando y esforzándome para nada y ahí me puse serio”.

Ahora bien, su padre llevaba la microempresa en forma artesanal y nunca se formalizó. Patricio quiso cambiar esa situación, pero no fue un camino fácil porque tenía que hacer crecer el negocio primero.

“Junté dinero y me contacté con una persona del extranjero que vendía buena materia prima. Fui a Bolivia, coticé allá y me fue bien. El año 2010 compré mi primera partida, lo que me puso muy contento pues podría aumentar la producción. Paralelamente comencé a tramitar la iniciación de actividades en el SII, pero tuve problemas con la casa de mi mamá donde funcionaba el taller, pues no se ajustaba a lo requerido. Entonces de la nada, apareció un cliente que quería arrendar la casa y pude finalmente formalizarme”.

Nos cuenta que en gran parte, su éxito se los debe a sus clientes. Algunos le compran al por mayor en series y otros al detalle. Vende tanto en Santiago, como en regiones y hasta ha logrado ventas en EEUU y en Dubái.

Muchos de sus clientes eran casi amigos de su padre y lo ayudaron en sus primeros años, cuando no tenía experiencia.

“A mi viejo le tenían harto cariño y me veían a mí que quería trabajar, era responsable y me hacía cargo. Me fueron guiando, me fueron comprando, me pagaban a tiempo, me ayudaron con materiales y sobre todo fueron confiando, lo que para mí fue lo más importante”.

Hace dos años, tuvo un tropiezo en el camino por tomar una “decisión apresurada”, como él nos cuenta.

“Junto con otra persona creé una sociedad y formamos una talabartería. Pero no nos fue bien porque teníamos caracteres muy distintos. Por lo que la disolvimos y no duramos nada. Fue muy decepcionante porque fue mucho dinero e inversión y tuve que partir todo de nuevo, pero seguí adelante no más, con todo lo aprendido”.

Hoy, ya luego de 11 años dedicándose a la confección de sombreros, Patricio trabaja junto a Mauricio, un amigo de la infancia a quien le enseñó el oficio y a su señora, Karen, quien lo ayuda en la administración y además en el tema de los adornos de los sombreros. Para él, enseñar el oficio también ha sido una gran experiencia.

“Mi vida está basada en el sombrero y la idea es que quien aprenda pueda ir dándose cuenta de la importancia de lo que está haciendo, del significado del trabajo. Que quizás algo que les resulta en forma sencilla va a estar puesto en la cabeza de una persona que tiene una historia en el mundo del rodeo y de la cueca. Yo al principio lo vi sólo como una entrada económica, pero con el tiempo me he dado cuenta que es un trabajo que hay que valorar porque, a aparte de ser artesanal y fabricado a mano, estás rescatando tradiciones. Tiene importancia porque es parte de la cultura del país”.

Este año Patricio postuló al Proyecto Emprendimientos Innovadores de la Municipalidad de Pudahuel que está siendo ejecutado por la Fundación Trabajo para un Hermano, con el objetivo de poder aprender más sobre el área contable que es lo que le cuesta y adquirir nuevas herramientas para realizar mejor su trabajo.

“Como me preocupo mucho de confeccionar y ando siempre con la cabeza pensando en el futuro y en actualizar técnicas, averiguando qué es lo nuevo que se usa, etc., me preocupo poco a veces de lo contable. Con el curso aprendí a darle un real valor a mi trabajo, que no puedo ir por la vida regalando mi esfuerzo, porque es un trabajo y es sacrificado”.

Y es que Patricio es muy detallista y responsable. Puede llegar a producir 2 series de 30 sombreros por semana y se preocupa que todo esté hecho a la perfección para entregar un producto de calidad, que hoy lo hace un confeccionista muy conocido en el mundo de la cueca y en el del rodeo.

“Una de las cosas que más me ha gustado de dedicarme a esto, es la oportunidad de conocer a tanta gente buena y honesta. Hay muchos sombreros que sólo los hago yo en Santiago y eso me ha abierto muchas puertas. Soy muy recomendado en el mundo de las competencias de cuecas. Todos los seleccionados de cueca de la Región Metropolitana se hacen sus sombreros conmigo. Me gusta porque vienen al taller, converso con ellos, los conozco. Y me buscan porque les doy un trato diferente, más personalizado y me termino haciendo amigo de mis clientes”.

Además que en el camino han ido apareciendo desafíos que lo han impulsado a innovar y aprender nuevas técnicas.

“Yo soy pionero en Chile en hacer el sombrero con casco para los rodeos. Partí haciéndolo para un cliente que luego me di cuenta que los vendía a grandes empresas y personas mucho más caros, por lo que dejé de trabajar para él y comencé a venderlos yo solo. Los hago con cascos de sky y me han resultado muy buenos para el emprendimiento”. 

Patricio siente cómo el espíritu de su padre sigue muy vivo en su vida y en el negocio. Y es que, como nos cuenta, le ha tocado vivir situaciones en las cuales siempre ha salido a flote y está seguro de que es su padre quien está detrás de todo.

“Yo creo que mi viejo habría estado feliz de haberme visto que yo seguía con lo suyo. Creo que nunca se imaginó que me podría haber gustado. Quiero pensar que está orgulloso de mí, porque realmente siento que siempre se me facilitan las cosas. Me ha demostrado que me está ayudando desde donde esté, intercediendo para que nos pasen cosas buenas con el negocio”.

Hace muy poco le tocó vivir una experiencia en donde realmente sintió que su padre estaba ahí con ellos.

“Mi mamá tenía que operarse de la vesícula. La íbamos a operar en la Clínica Bicentenario. Era mucho dinero, pero lo íbamos a asumir. Y en eso llega un cliente que necesitaba sombreros a medidas. Entonces vino a mi taller y me puse a conversar con él. Me dijo que era cirujano del Hospital de Buin y hablando y hablando le conté de mi mamá y él me ayudó. Los exámenes los hicimos allá y lo operó él, a la mitad del precio.  Yo estoy seguro de que mi papá me manda la gente para acá, con ese tipo de cosas quedo para adentro y siempre hago las cosas pensando en que mi viejo me está mirando”.

El próximo año Patricio junto a su señora Karen, se han planteado un desafío importante que los va a hacer comenzar a trabajar sin parar desde marzo.

“Queremos meternos en el mundo de la cueca chora porque nos hemos dado cuenta que no tienen dónde comprar los sombreros y usan uno importado que es peruano. No puedes usar un sombrero peruano en un baile nacional, entonces queremos confeccionarlos e implementarlos, como una línea innovadora”.

Patricio es un hombre que tomó una técnica antigua y heredada de su padre y la ha podido trasformar en un verdadero negocio con mucho futuro. Está consciente de la importancia de no dejar morir el oficio y de seguir rescatando lo que, para él, forma parte de las raíces de nuestra patria, como son los sombreros del huaso y el cuequero chileno. Te invitamos también a ti a creer en tus talentos y, al igual que Patricio, no rendirte en la búsqueda de tus proyectos y sueños. 

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