Al entrar a la Población 1 de Mayo en Renca, se ven muchas casas, pero una tiene una particularidad: un pequeño patio lleno de plantas y flores en plena vereda que tiene colgadas dos bicicletas.

Es el Taller Ciclista Nazaret de Don Juan Martínez, que ya lleva 40 años instalado en plena calle Los Lirios en la que también es su casa. En su hogar vive con su señora, Carmen, dos de sus hijas y dos nietos, pero tiene 4 hijos más y un total de 12 nietos.

Con unos ojos alegres y sonrientes nos cuenta que sólo pololeó 15 días con Carmen y se casó, muy joven, a los 21 años. “Yo la miré y me gustó. Le pregunté si estaba botella y ella no entendió. Que si estaba soltera, le dije. Y ella me dijo que sí. El mismo día fui a pedirle permiso a su mamá y a su papá para estar con ella y muy lueguito nos casamos”.

Lleva 46 años junto a la que él considera su compañera de vida, pues ha estado ahí siempre cuando lo ha necesitado, sobre todo con el taller que es el sueño de ambos. “Me ha ayudado mucho a tirarlo para arriba. Le debo mucho a mi mujer”.

Juan entró a la Escuela Militar a los 14 años. Tenía—y aún tiene—grandes ideales para su patria. Siempre le gustó el trabajo con la gente, el relacionarse con otros, el hacer el bien a los demás. Poco antes del Golpe de Estado, se enlistó en el Partido Comunista y fue uno de los dirigentes de la toma de terreno en la Población del 1 de Mayo de Renca.

El mismo 11 de septiembre de 1973 fue llamado a presentarse en la Escuela de Telecomunicaciones. Él, obedeciendo órdenes, asistió y al entrar recibió un golpe que lo dejó inconsciente. Lo siguiente que recuerda es haber despertado en un camión junto a 120 personas más con los pies y las manos amarradas.

Juan Martínez estuvo prisionero por 6 meses, pasando por el Regimiento de Linares y luego por la Penitenciaría de Santiago. Fue torturado y casi fusilado 5 veces. No pudo comunicarse con su familia en todo ese tiempo. “Me buscaron por todos lados. Cielo, mar y tierra, pero no me habrían podido encontrar”. 

Marcelo Moren Brito, una de las cabecillas de la Caravana de la Muerte, lo conocía. Un día, cuando supuestamente iba a salir en libertad, fue el mismo Coronel quien lo sube a un camión y le dice que lo va a llevar de vuelta a su casa.

“Yo no le creía. Pero él me dijo que yo había sido un buen soldado y que podía volver a mi hogar. Me subí pensando: hasta aquí llegué, me salvé de la muerte tantas veces y me van a matar ahora. Pero Moren me dejó acá en mi población, tirado y me dijo que no me metiera en nada y que me cuidara. Todavía recuerdo la cara de mi señora al verme de rodillas todo sucio, con la misma parka azul con la que había salido ese día, cansado, mal”.

Recuerda todo con mucho dolor, pero al preguntarle qué es lo que más siente, nos habla sobre la infidelidad de sus compañeros de milicia. “Yo era militar y un buen militar. Pero me tomaron igual. No confiaban en uno”.

Cuando ya quedó libre y regresó junto a su familia, intentó hacer la diligencia para los exonerados políticos, pero no la obtuvo. Es aquí en donde Juan hace un quiebre y se levanta. “Le dije a mi vieja: Carmen, las manos no las tengo cortadas, aún puedo hacer cosas. Y entonces, junto a ella, empecé mi taller de bicicletas con un destornillador, un alicate, tenedores y cucharas. Toda mi vida he andado y sabía de ellas, las armaba y las desarmaba. Me gusta la artesanía y los fierros. Y la bicicleta para mí es un fierro. Sé centrar las ruedas, sé cuándo se golpean, en dónde están malas. Yo me relaciono con la bicicleta, para mí es como mi señora”.

Nos cuenta que el comienzo fue difícil porque no conseguía que le vendieran a precio de taller en San Diego, la calle de las bicicletas en Santiago centro.

“Fui con mi señora un día de la semana. No llevaba tanta plata, había juntado 50.000 pesos y empecé tienda por tienda a preguntar si había baja de material para taller. Me fue pésimo. Me decían que tenía que estar inscrito y tener patente. Recuerdo que con mi vieja recorrimos unas 50 tiendas. Finalmente caí en un local chico y les conté mi situación y las cosas que tenía que comprar. Me dieron la opción de un 5% de rebaja y que si me salía algo malo, me lo cambiaban. Hasta la fecha compro ahí en el mismo lugarcito”.

Poco a poco empezaron a surgir y un día fue visitado por personas del FOSIS. “¡Fue lo más lindo! Me hablaron que me tenía que creer el cuento, que tenía todo para surgir”. Es así como Juan Miranda se gana su primer proyecto y un monto de 250.000 pesos con los que compra muchos repuestos. El negocio sigue creciendo, logra comprarse 5 máquinas soldadoras y más repuestos. Se gana un segundo FOSIS y luego un tercero, que es el que está realizando actualmente con la Fundación Trabajo para un Hermano, con clases de capacitación en gestión de la microempresa.

“Las clases son súper buenas. La profesora que nos tocó nos explica con mucha dedicación, dice las cosas y las vuelve a repetir todo lo que necesitamos. La capacitación es muy importante para poder superarse. Si a uno lo ayudan, está bien, pero debe ser capaz de demostrar que está haciendo bien las cosas”.

Juan siente que ha crecido mucho como emprendedor y que todo lo recibido, lo ha ayudado también a sentirse mejor como persona. “Uno aprende a madurar más, a usar mejor los recursos, a pensar más, valorar más lo que tiene y a organizarse mejor”.

La clientela no es asunto fácil, como nos cuenta. “Hay días que uno gana y días que uno recibe nada, pero hay que darle para adelante no más. Todos los días del año tengo abierto. Me gusta tener las manos usadas, negras de trabajar. Para mí el trabajo es toda mi vida. Me ha entregado todo para mantener a mis hijos y no le debo un 20 a nadie”.

Quiere que su taller continúe cuando él ya no esté, por eso, le ha enseñado lo que sabe a toda su familia. “Todos mis hijos saben de este oficio, incluso mis nietos, conocen lo que es la bicicleta. Hay uno de ellos, el de 3 años y 6 meses que sabe y mucho. Toma las tuercas y se mete y siempre me dice que todo esto es de él. ¡Y claro que es suyo!”.

Juan Martínez es un hombre victorioso, que luego de un trauma de vida profundamente doloroso, como el la tortura, salió adelante con sus propias manos. Él logró hacer de su afición y talento por las bicicletas, su oficio y su pasión, levantándose luego de una gran herida, que esperamos como Fundación no vuelva nunca más a ocurrir en la historia de Chile, ya que, él logró salir, pero muchos otros, no.

La historia de Juan nos demuestra que poniéndole empuje, fuerza y constancia, se pueden lograr muchas cosas. Que la materia prima muchas veces está, pero que sólo se necesita un poco de lustre. ¡Creamos en nuestros talentos y saquemos adelante nuestros proyectos!

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