El ser mestiza es algo que ha marcado profundamente la vida de María Eugenia Candia. De padre chileno y madre venezolana, ancestros mapuches y de la cultura wayuu, es una mujer de 34 años que llama profundamente la atención sólo al mirarla: alta, delgada, morena y con un largo pelo lleno de rastas, pero que habla un “chileno” completamente fluido y natural. Además es muy jovial y alegre, con una sonrisa eterna en su rostro que la acompaña siempre y habla de sus rasgos más caribeños.

“He vivido casi toda mi vida en Chile. Pero la gente me ve y cree que me voy a poner a hablar con otro tilde, pero soy bien chilena para mis cosas”.

Aunque nació en Venezuela, llegó a Chile con su padre a los 8 años luego de que su madre muriera. Al poco tiempo comenzó a vivir con la nueva pareja de su padre y sus hijos, quien hoy son sus hermanastras y hermanastros y muy importantes para ella: “fuimos siempre muy afiatados aunque yo viniera de otro lado”. A su padre lo veía muy poco, ya que, es artista y en ese tiempo, viajaba al sur a vender sus obras.

María Eugenia siente que en su familia hay dos cosas que siempre han estado presentes: el arte y el amor por el trabajo.

“Éramos una familia de escasos recursos, pero todos estudiosos y con ganas de salir adelante. Mi madrastra era profesora, pero siempre hacía cosas manuales. Mi hermana mayor hacía pulseras con nombre y las vendía en la universidad. Mi hermano mayor, siempre vendiendo discos. Tuve el ejemplo del trabajo desde pequeña”.

Solo dejó de trabajar en uno de los momentos que ella nos cuenta fue uno de los más maravillosos, pero más difíciles de su vida: sus primeros meses con su hijo primogénito, Deylan.

“Lo tuve a los 19 años en conjunto con Jorge, quien fuera mi pareja de infancia. Se me hizo muy difícil la crianza cuando chica porque tuve muy poco apoyo”.

En cuanto tuvo a su hijo, dejó la casa en donde vivía con sus hermanos y su madrastra, simplemente porque no había espacio para ellos dos. Es ahí cuando se va a vivir con los padres de su pareja, pero cuando su hijo cumple 9 meses, abandona ese hogar y se va a vivir con su abuela y su padre. A los pocos meses, ellos se van a vivir al sur y María Eugenia queda sola con su hijo en la casa.

“Fue un momento muy difícil porque no tenía apoyo de nadie. Entré en una depresión, no hablaba con nadie y más encima tenía la guagua sola. Me faltaba mucho. En ese entonces no hacía nada, ni trabajaba ni estudiaba. Me sostenía del aire. Pasé muchas penurias, entre ellas, mucha hambre”.

Es ahí cuando los abuelos paternos del niño, deciden involucrarse y le ofrecieron a María Eugenia hacerse cargo de Deylan. Ella, sin entender mucho lo que estaba haciendo, cedió en tribunales la tuición de su hijo.

“Siento que me hicieron un encerrón. Esperaron que me pasara todo esto y ahí me ofrecieron ayuda. Fue lo único que podía hacer en ese minuto. Yo no estaba nada de bien y firmé. Siempre me acuerdo de la jueza que me decía que no firmara”.

Con la esperanza de ordenar su vida y recuperar a su hijo, María Eugenia comenzó a trabajar. Primero de cajera en un supermercado y luego como promotora. Vivió 3 años en Viña del Mar trabajando en Ticket Master. Luego volvió a Santiago y retoma la relación con su familia: “ellos se dieron cuenta que en realidad necesitaba ayuda y mi hermana mayor con una tía me dieron una mano”.

Gracias a esa colaboración comenzó a estudiar. Primero llegó al mundo de la peluquería, oficio que estudió, pero no ejerció, ya que, no le gustaba mucho. A los 24 años comenzó a estudiar estética integral y ya egresada, empezó a trabajar en diferentes lugares. Trabajó en el Hotel Marriot, en Eva Spa y en algunos otros, hasta finalmente llegar a un Centro de Medicina integral en donde se desempeñó como ayudante de post operatorio.

En ese momento con los recursos necesarios para hacerlo, comenzó su lucha para recuperar a su hijo.

“Me costó mucho que me lo devolvieran, pero Deylan siempre desde chico se quiso ir conmigo. Yo siempre hice un trabajo con él de hacerle ver que yo era su mamá, quizás eso ayudó a que siempre quisiera vivir conmigo”.

María Eugenia ganó la custodia y se fue a vivir junto a quien es su actual pareja, Ezequiel y su hijo, al centro de Santiago. La vida le trajo una nueva sorpresa. Quedó nuevamente embarazada y nació Luz. Es así como comenzaron los cuatro a hacer familia. Al poco tiempo se mudaron a su actual casa en San Joaquín.

Pero María Eugenia, acostumbrada a trabajar, no concebía dejar de hacerlo para siempre. Es aquí cuando hizo de su hobby, su trabajo.

El tejido le gustó siempre y lo aprendió desde muy joven gracias a una de sus ex suegras, Ana María Montenegro, quien es hoy es su amiga y mentora.

“Ella había tenido una situación similar a la mía familiarmente y nos llevábamos muy bien, empatizábamos. Y conversando y conversando, me enseña a tejer la técnica yackard. Sin saber mucho qué hacía, empecé a tejer lo que ella me enseñaba. Dos amarillos, dos negros y seguía las instrucciones como ella me decía. Y empecé a ganarme unos pesitos. Siempre seguí tejiendo por la vida. Era mi hobby, iba a trabajar con bolsa con lanas. Hacía macramé y lo vendía. Era una entrada de plata más y le vendía a mis clientas en los lugares donde trabaja y cuando me quedé sin trabajo, hice de mi hobby, mi labor porque era lo que tenía en las manos y lo que había aprendido a hacer. Ella siempre me decía: ´uno siempre tiene que tener una herramienta en las manos porque si se termina tu trabajo tienes algo de inmediato para trabajar´. Ella es súper importante para mi vida, es clave en mi vida. Es una mujer súper esforzada, llegó a ese lugar con 15 años y una guagua y ahora es dueña de la peluquería, he aprendido bastante de ella. Estoy muy agradecida de ella, la quiero mucho”.

Es así como comenzó a tejer poco a poco y a ganar algo de dinero. Ahora bien, María Eugenia tejía solo a palillo, no sabía nada de crochet y menos de telar y quería ampliar su negocio. Y es aquí cuando un libro que encuentra en una biblioteca en Quilicura, le cambió la vida.

“Se llamaba ´Pequeña Emprendedora´, le saqué fotocopia y lo leí con mucha atención. En el libro te enseñaban cómo podía yo emprender, qué tenía que hacer, cómo tenía que sacar los costos, etc. Y además te enseñaban sobre todo tipo de tejidos, también a telar. Ahí nació el bicho de que tenía que hacer o comprarme un telar. Junté de a poquito platita y me compré un telar pequeño de 60 cm. que todavía lo tengo, nunca lo voy a vender y siempre va a estar conmigo porque fue mucho sacrificio y esfuerzo”.

María Eugenia comenzó tejiendo en forma autodidacta, poniendo hebras y “echando a perder” como nos cuenta. En este momento se encontró con una vecina quien le enseñó algunas técnicas más y le ofreció un negocio que sonaba prometedor: María Eugenia tendría que hacer un número de prendas, su vecina las vendería y se repartirían las ganancias.

“Ella me traía unas lanas preciosas de Argentina. Le hice varias echarpes. Fue a buscar los tejidos, pero nunca me pagó. Había entregado el tiempo de mi hija por eso. Ahora bien, no fue todo perdido porque me sirvió de práctica”.

Siguió entonces en el camino del tejido vendiendo sus prendas por Facebook y con ayuda de su pareja. Postuló a un capital semilla de la Municipalidad de San Joaquín y ganó. Con los recursos pudo comprar un telar más grande y más lana.

Es aquí cuando llegó a un Centro Comunitario perteneciente al Programa de la Mujer de la comuna de San Joaquín. Lugar en donde conoció a quien es hoy su compañera de negocio y de vida, Vilma Concha y en donde vuelve a reencontrarse con sus raíces al aprender telar mapuche con una profesora de la misma etnia, Loreto Millalén.

El año 2012 constituyó junto con un grupo de 15 mujeres más la Agrupación “Pu folil ni witral” que significa “raíz de mi telar”, al alero del Centro Comunitario.

El mismo año gracias a una de las mujeres miembro de la organización, conoció a la Fundación Trabajo para un Hermano e intentó junto con Vilma, de entrar al curso de Telar Mapuche. Lamentablemente por un tema de tiempo no pudieron hacer ese curso, pero Vilma realizó uno de Cordonería Precolombina, y María Eugenia uno de Previsión Social, que son hoy, esenciales para la empresa que tienen juntas.

La historia de “Ayün”, el emprendimiento que María Eugenia junto a cinco socias tiene hoy, nace en este tiempo. Postuló junto a Mariluz Millar, Vilma Concha, Audina Quintana y Alejandra Galarce a un proyecto Fosis que ganaron, siendo catalogado como el mejor presentado en la Región Metropolitana.

“Yo no lo podía creer, porque había que empezar a hacer cosas y creerse el cuento, no estábamos muy bien económicamente además en ese momento, pero tuvimos mucha ayuda. Mi pareja se consiguió un préstamo y me armó este taller. Empezamos a buscar apoyo de otros lados. El catálogo fue hecho por un amigo y los modelos fueron familiares. La fotógrafa, también fue voluntaria. Todo fue fluyendo y fueron saliendo los recursos”.

Con el dinero del proyecto compraron dos telares más grandes, uno pequeño y dos máquinas de coser, además de materiales y más lanas. 

Hoy venden a través de una página en Facebook y van a todas las ferias que se les presenten.

“Nosotras queríamos que esto saliera entonces pusimos toda la energía ahí. Con Vilma pusimos la plata y fuimos las gestoras. Plata de nuestros bolsillos que aún no vemos ningún peso, sabemos que nos va a costar, pero estamos en esto. Uno tiene que trabajar y trabajar y trabajar y darle con todo para ver los frutos. Feria que llega, vamos, es la única manera de entrada de dinero. No podemos estar sentadas esperando que nos toquen la puerta”.

El nombre de su emprendimiento tiene mucho sentido para ellas, no sólo porque se dedican en gran parte, al telar mapuche, sino por lo que significa la palabra.

“Ayün, significa amar, amar al prójimo, lo que estamos haciendo, queríamos darle un buen comienzo a nuestro negocio. Que se diera en amor y en armonía”.

María Eugenia hoy hace clases en dos lugares de telar mapuche y siente que es una forma de entregar todo lo que aprendió.

“Algunas van a pasarlo bien y otras porque quieren aprender y llevarlo a la práctica. Para mí es importante porque pasar de haber estudiado esto, a enseñarlo, para mí es maravilloso. Yo lo entrego todo. No me voy a ir a la muerte con nada, voy a entregar todo lo que sé”.

Para María Eugenia el rescatar la cultura mapuche no sólo es una urgencia, sino que ha sido una necesidad personal.

“Lo más importante para el ser humano es rencontrarse con sus raíces. Para mí el entrar a la cultura mapuche, ha sido un reencuentro conmigo misma. Mi mamá viene de una etnia indígena venezolana. Mi abuelo me hablaba mucho de su papá, que era esclavo, que ellos llegaron a un lugar y que de ahí salieron y se formaron como familia rotando por estos continentes. Luego venirme de Venezuela para acá, al fin del mundo y encontrarme con la familia mapuche de mi papá que vive en Tucapel, aún en ruca. En fin, ha sido un descubrimiento. La gente cree que la sangre negra es más fuerte que la mapuche y yo les puedo decir que no. Yo veo que ser indígena mapuche es más fuerte, que ser wayuu de Venezuela. Preguntarse de adonde uno sale, por qué uno es como es y si viene de acá o de allá, es importante y más aún, si uno lo puede hacer tangible con un oficio”.

El enseñar telar mapuche a María Eugenia le ha abierto los ojos a un mundo de creación en donde la mujer mapuche se expresa en forma muy concreta y natural.

“El telar nos pertenece, es nuestro y tenemos que cuidarlo y atesorarlo. Al hacer un telar estamos haciendo un hijo. El telar viene del vientre materno, está conectado con el útero, uno va tirando hilos y va creando. El mismo tonón que abre el camino, entender que dentro del tejido no tiene que haber un nudo, porque es un tropiezo. Yo enseño que el primer tejido te tiene que salir como te salga. No es el feo, es el más importante, porque yo ahí aprendí ser madre. Las mujeres al hacer un telar crean, hay algo dentro de su ser que se tiene que soltar. Para mí el tejido es una conexión en todo aspecto. Es una parte de mí que se va. Y es todo esto lo que intento inculcar a mis alumnas”.

Llegaron hace dos meses atrás a la Tienda Buen Trabajo de la Fundación a vender sus productos y están muy contentas porque sienten que es una inmensa oportunidad.

“Nos ayudan a estar constantemente en vitrina y además nos orientan, nos dan ideas y nos abren un camino. La tienda es una muy buena iniciativa para ayudar a los emprendedores. No conozco a ninguna tienda que haga esto. Son muy trasparentes y nos apoyan mucho”.

Fue a gracias al consejo de la Tienda que hoy decidieron tener una línea de trabajo y hacer accesorios para el hogar, para la mujer y para los niños.

Además tanto María Eugenia como Vilma, postularon al curso de orfebrería básica que realizará la Fundación a finales de este año para poder así ampliar su negocio y como ella nos dice “darle valor a nuestro trabajo para hacer todo a mano y no estar comprando en otros lados”.

El rescate de nuestra cultura es necesario. La sabiduría infinita de nuestros ancestros la debemos aprovechar. María Eugenia y su emprendimiento nos recuerdan que siempre podemos volver a nuestras raíces para aprender de nuestra cultura y después enseñarla. Nunca olvidemos podemos de dónde venimos y lo que somos. 

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