Alegría, optimismo y una sonrisa de oreja a oreja, es lo que muestra Ruth Ester Córdova Pérez, microempresaria de 43 años. Ella ha sacado adelante su emprendimiento “Confecciones Yahir”, con mucho esfuerzo y dedicación.

Pero el camino no fue fácil. Tuvo que sortear muchas pruebas para estar hoy donde está, pero siente que todo lo que ha vivido, vale la pena.

Estudió técnico en sastrería femenina en el Liceo Industrial A22 e hizo su práctica en Patronato donde conoció a su patrón que fue su jefe por algunos años. La empresa quebró, pero coincidió con sus planes de matrimonio. Ruth se casó y muy pronto tuvo un complicado embarazo que la dejó sin posibilidades de volver a trabajar. A pesar de las complicaciones, su hijo Yahir nace y Ruth, luego de un tiempo, retorna al trabajo. En ese entonces se desempeñaba en lo que resultara dentro de la comuna donde ella vivía, que era Renca: “Hacía aseo, comidas, papas rellenas, pastel de chocho y todo lo vendía a un grupo de clientes que tenía”, cuenta Ruth.

Poco tiempo después, el papá de Ruth muere a los 61. Tanto para ella como para su madre, quien es uno de sus grandes pilares de vida, fue un golpe muy fuerte. Es ahí donde Ruth vuelve a vivir con su madre junto a su hijo, en La Granja, separándose de su esposo e intentan de muchos modos, salir adelante.

Ella no se deja vencer y siempre está alegre y tirando para arriba. Tiene espíritu de negociante y se dedicó a vender todo tipo de ropa que le regalaban en ferias libres.

Es en este momento cuando las puertas comienzan a abrirse para Ruth y su familia.

A fines del 2013 la llaman para postular a un curso de Gestión Básica de la Microempresa que haría junto a Trabajo para un Hermano. Solo le dijeron: “Preséntese con lo que usted sabe hacer”.

“Sólo tenía unos pedacitos de tela y con una máquina multipuntos que tenía hice dos vestidos de huaso chiquititos y llevé una falda de polar que había hecho para mí. ¡Y quedé seleccionada!. “Fue lo mejor que se me pudo presentar en la vida. La parte que me dio la solidez a lo que hoy tengo. Me hicieron sacar el plus que llevo adentro”.

Es en este curso junto con la profesora Tania Melo, aprende muchísimo sobre costos, que es lo que siente que la ha ayudado en gran parte a surgir y hacer rendir su negocio “Cosas que no tenía idea, que yo no sabía que se tenían que cobrar: como las horas de mano, el gasto del hilo, de la bolsa. En fin, cosas que según yo, no tenían validez. Me enseñaron que mi trabajo, mi tiempo de trabajo, sí tiene validez y hay que cobrarlo”.

Y así Ruth fue avanzando. Pudo comprarse otra máquina de coser más moderna e industrial. Así comenzó a trabajar en su casa llevando un cuaderno de ingresos y egresos, además de una lista clara de clientes fijos y esporádicos.

Hoy tiene su microempresa “Confecciones Yahir”, que lleva el nombre de su hijo, “la razón de mi vida”, como nos cuenta Ruth.

Es un emprendimiento en el cual provee servicios de arreglo de ropa y también confecciones propias: “Lo que se le ocurra, yo se lo hago. He hecho ya cuatro vestidos de novia. Hago vestidos de princesa, mochilas, encintados, recuerdos para bautizos, matrimonios. Todas las cosas que se pueden hacer con las manos”.

Pero sus ganas de aprender no quedaron ahí. El año pasado realizó con la Fundación el curso de Arreglo de Máquinas de Coser: “Para mí fue estupendo, porque si yo trabajo con las máquinas, ¿qué mejor que saber arreglarlas? Eso me lleva a mí a otro nivel”.

Hoy está haciendo el curso de Diseño de Vestuario. “Busco otro empuje. Necesito el moldaje, porque diseños en mi cabeza hay muchos, pero para mí es fundamental poder trazar líneas, tomar medidas y plasmar lo que estoy pensando, en el papel. Diseñarlo y luego mostrarlo, todo a pedido”.

Pero el sueño de Ruth no se detiene ahí. Ella quiere volar más alto y está pensando en grande. Su gran anhelo: tener una boutique de vestidos de novia instalada en su comuna en La Granja. Y su convicción es clara.

“Quiero traer lo de arriba, para aquí abajo. Porque creo que toda la gente vale lo mismo. El sueño de toda mujer es ser princesa por un día. No importa la edad que tenga y yo quiero darle eso a la gente con menos recursos. ¿Por qué no poder hacer sentir princesas a las personas de aquí de las poblaciones, tal cual como se visten las de arriba?” Quiero hacer sentir princesas a todas mis clientas”.

Es por eso que sigue estudiando y que pretende postular a más fondos para comprar otra máquina de coser que la ayude en su sueño de boutique.

Los cursos que ha realizado en la Fundación la han ayudado muchísimo. Gracias a ellos, Ruth siente que hoy tiene lo que tiene, que su pequeño taller como partió, es hoy una microempresa. Gracias a él, ha podido no sólo sacar adelante sus sueños, sino que además, cambiar a su hijo a un colegio particular.

Siente un agradecimiento inmenso hacia Trabajo Para un Hermano, a quienes ella se expresa de un modo muy particular:

“Para mí la Fundación es más que una escuela, es un ángel. Un ángel que se me presentó en mi vida y que me ha hecho ver que yo podía. Crecer como persona, capacitarme, me han ayudado a hacer crecer mi microempresa. Yo pensaba que tenía un taller y no, hoy digo orgullosa que tengo una microempresa, que soy una microempresaria. Y es que eso me ha mostrado, que así me tengo que ver, que así me tengo que valorar. Para mí es ese ángel que te da el apoyo constante, que te empuja a avanzar. Siempre te están llamando y se preocupan por ti. A mí me enorgullece enormemente mostrar mis títulos de Trabajo para un Hermano”.

La sonrisa de Ruth no desaparecerá de su rostro. Y eso no es mérito de nadie más que de ella, que con su arranque, su empuje y solo lustrando un poco sus talentos como muchas otras mujeres trabajadoras, ha logrado sacar adelante su sueño de llevar la belleza y calidad, a cada trabajo que hace.

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